Casi todos los hombres se hurgan la nariz, casi todas las mujeres llevan biquini y casi todas las parejas, hasta las peor avenidas, se han hecho arrumacos alguna vez en su vida, pero casi nadie quiere que su imagen hurgándose la nariz, llevando biquini o haciéndose arrumacos estén disponibles para todo aquel que tenga conexión a internet.
Y menos aún que esas fotografÃas, tomadas sin el consentimiento previo del que aparece en ellas, se muestren, se envÃen y se comenten por miles de personas en decenas de páginas web.
Eso, sin embargo, es lo que está ocurriendo desde que Google Maps, el atlas virtual, estrenó en mayo del 2007 su nueva herramienta, Street View, en la que las imágenes ya no han sido tomadas por satélite, a vista de pájaro, sino a pie de calle.
¿Sabes lo que puede significar para Barçelona como destino turÃstico el que sus calles aparezcan en Street View?”, preguntaba ayer una portavoz de Google en España, lugar al que pronto llegará el artefacto, si bien con las caras de las humanos difuminadas.
SÃ, claro.
Resulta casi imposible refutar las vastas posibilidades de una aplicación como esta, tanto para el turista como para el que busca vivienda o para el simple curioso.
Como dicen en la compañÃa, “este nuevo producto ha tenido mucho éxito en Estados Unidos no solo entre los usuarios a los cuales les ofrece información de su ciudad o de otro lugar que quieran visitar, sino también a empresas y negocios, como los relacionados con el turismo, pues pone a su disposición una excelente herramienta para promocionar una ciudad”.
Ha tenido tanto éxito que, junto a todas las virtudes que ensalza la empresa, ha creado un nuevo tipo de subespecie ciberespacial: los fisgones de Street View, internautas que se pasan horas buscando las imágenes más chocantes que ofrece el artilugio.
En lugar de asomarse a la ventana de casa para escrutar al vecino, se asoman al ordenador para escrutar a todo Estados Unidos, el único paÃs, por el momento, en el que ha debutado la herramienta, aunque Google piensa lanzarla a finales de año en Australia y ya está tomando imágenes en Francia o Italia.
Y, sorprendentemente, todos los fisgones, estén donde estén, acaban observando más o menos lo mismo.
La fiebre por el cotilleo en Google Maps ha llegado a la prestigiosa revista tecnológica Wired –que el pasado año creó un blog para discutir sobre Street View y votar sus mejores imágenes–, y ha originado la creación de decenas de páginas web dedicadas al asunto en exclusiva, como www.streetviewr.com o www.streetviewfun.com.
Casi todas muestran las 12 fotografÃas que sirven para ilustrar estas páginas.
Allà está el hombre que explora el interior de su nariz sentado en un banco de San Jose, el ciclista de San Diego que se sabe cazado por la cámara de Google y muestra desafiante su dedo corazón, o, en un claro ejemplo de que hay personas encantadas de ser retratadas para el atlas virtual, la cuadrilla de motociclistas que sonrÃen y saludan al objetivo en la ciudad de Palo Alto.
Otras, en cambio, integran la lista de grandes éxitos de Street View por la historia que esconden.
La del vagabundo de la calle Santa Clara, en San José, por ejemplo.
Poco después de que se tomara su imagen, el hombre murió en una reyerta callejera.
Parece sacado de la pelÃcula Smoke, en la que Harvey Keitel repite cada dÃa, durante años, la misma foto de la calle de su tienda y, cuando se las enseña a William Hurt, este descubre en una de las imágenes a su mujer, fallecida hace tiempo.
Solo que en este caso la foto no está guardada en un cajón de la vivienda de Keitel.
En este caso, cada internauta puede verla con un solo golpe de ratón.
B.